Arrunchados

ARRUNCHADOS


Habían cruzado juntos los caminos posibles y ahora se separaban de nuevo; ésta vez en apariencia era definitivo.

Él no se levantó de la cama esa mañana. Y así, sin mayores despedidas, ella quedó nuevamente sola.

La primera separación le ocasionó mucho quebranto, la pena parecía insoportable. No la quería llevar encima como un castigo de los dioses, de aquellos que desde pequeño siempre estuvieron en su conciencia devota, de los que daban la luz o la sombra.

Y ahora la oscuridad se apoderaba de la tierna niña que creció a su lado, como si fuera su hermano.

Ella, que en todo dependía de esa relación, se sintió abandonada, en un frío desolador que sólo encontraba sosiego en el llanto que rodaba por sus mejillas e inundaba todo sitio en que se encontraba.

Fueron meses interminables de sufrimiento, sin otra alma en quien poder confiar su tristeza enorme. Encontraba refugio en la música, su única compañía real que nada le pedía a cambio.

Mientras el mundo seguía riendo, ella en la soledad de su aislamiento, desesperada anhelaba encontrar un remedio para su mal.

Sentía no poder soportarlo más, este quebranto parecía secar su cuerpo que anunciaba entrar en males mayores de no interrumpirlo.

Fue cuando en medio de la desesperación se dijo a sí misma, no sufriré más. Era la manifestación de rebeldía más intensa que su mente y corazón disponían para acabar con todo ese dolor. ¡Y así fué! No volvió a llorar de ahí en adelante.

La vida volvió a sonreír, los amigos volvieron a aparecer y en cambio de llanto resurgió la ansiada risa que se había perdido. Ambos tomaron sus propias líneas de tiempo e hicieron su vida a su manera. Ella ahora no lloraba por nada, ni deseando hacerlo, y él ni cuenta se daba de lo que con ella sucedió, siempre pensó que ella era una persona feliz.

Fueron años de encuentros superficiales pero frecuentes, en los cuales ambos mostraban sus caretas de felicidad, en parte ciertas y en parte postizas. Así alimentaron la imagen mutua, que no era real por falta de la complicidad de la confianza.

En el fondo ambos querían el bien del otro, porque el amor que cultivaron en sus primeros vuelos era poderoso. En la ternura de los años se ama sin armadura.



Ella seguía sin poder llorar. Hasta que una de sus aventuras amorosas le recordó que también tenía un corazón que sentía, el llanto regresó a raudales y ésta vez fue bien recibido, como la bendición del cielo que riega la aridez de los humanos.

En ese renacimiento que en ella surgía, la vida los llevó a juntarse de nuevo. Parecía absurdo y hasta suicida pensar en un regreso, pero así se dió. Volvieron a ser la pareja que se sustentaba para afrontar las penalidades que la vida impone a lo seres humanos, en un planeta como la Tierra.

Retomaron la vida familiar que sustenta la gracia del amor a los suyos. Ahora existían las condiciones para disfrutar de las cosas sencillas, las que la vida misma les había arrebatado en sus años impulsivos.

Ese día ella llegó de la misa matutina, a mirar si él se había tomado el jugo de naranja que le dejaba en la mesa de noche. Lo encontró ladeado a punto de sentarse, sin muestras de vida.

Volvió ella a la época de las lamentaciones. La vida no le había enseñado a desapegarse y asumir las sorpresas como parte del guión que tenemos de fondo.

Ahora lloraba sin interrupción, con gozo pleno pero maléfico, se apoderaba de su alma la tristeza y de su cuerpo la neumonía, que la llevó a la clínica. Parecía moribunda, en camino de seguir a su amado. Aún con todos los cuidados los médicos no le veían mejoría.

Una noche. que quedaba ya sola, luego de las visitas médicas y familiares, se arrunchó de espaldas a la puerta y cedió el sueño al cansancio.

En medio de su letargo escucho que la puerta se abría. Ella temerosa no se atrevía a mirar quien era. Pensaba... ¿quién será? y sentía como el temor crecía mientras escuchaba unos amortiguados pasos.

En medio de su angustia intuyó su presencia. Su mente y corazón le decían que era él. Sintió como se levantaban las cobijas que bajaban por su espalda y su presencia se hizo sentir a lo largo de su cuerpo. Así permanecieron, como sucedía en sus memorables momentos de amorio, mientras su mano le acariciaba el pelo en las sienes invitándola al descanso.

Ella finalmente volvió a dormir y al despertar de nuevo sintió que el amor ayudaba a su recuperación.



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